“No es el
tiempo, sino la propia voluntad creadora la que transforma
y desarrolla la persona… No
podemos confiarnos al tiempo objetivo,
el trabajo
de configuración de la propia mismidad tiene que llevarlo a cabo uno mismo.”
Nietzsche.
(Safranski, 2001. Pág. 42)
Lo Monstruoso de la propia vida
Si bien, el texto
de Safranski nos ilustra sobre la vida y el proceso de construcción de un hombre,
y no de un simple hombre, sino de uno de los pensadores más influyentes en la
historia de la filosofía de occidente a partir de finales del siglo XIX, hasta
nuestros días, a saber, Nietzsche; lo que me interesa resaltar aquí no es lo
mucho que podemos aprender sobre él en particular, sino el hecho de que es su
vida, según como la cuenta el autor de la “biografía de su pensamiento”, la que
nos conduce a un camino de introspección sobre nosotros mismos, y como en la
medida que vamos leyendo las líneas de este texto, vamos recordando nuestra propia
vida; pues, la vida de Nietzsche es agitadora, nos cuestiona sobre cómo hemos
vivido y sobre como viviremos lo que nos quede para el futuro.
En este orden
de ideas, podemos decir que la filosofía de Nietzsche es provocadora, y que nos
ínsita a escribir sobre la vida: la nuestra y la que nos rodea.
Sobra decir,
pues, que con el presente texto no quiero exponer un resumen detallado de la
lectura y que, aunque intentaré ceñirme a ella para dar cuenta de lo que allí
se menciona, mi pretensión, principalmente será, exponer una serie de
reflexiones que las líneas de Safranski me suscitan.
Nietzsche, a
muy temprana edad quiso escribir sobre su propia vida, como una vida ejemplar[1];
eso me hace recordar que yo también a muy temprana edad quise escribir la
historia de mi vida, pero pensar que eso a nadie le interesaría y quizá, no
contar con las herramientas intelectuales con las que, supongo, contaba el
joven alemán debido a su desarrollada educación europea, fueron principales
obstáculos para darme cuenta que ese no era un ejercicio para los demás sino
para mí mismo; probablemente no conozcamos los nueve esbozos autobiográficos
que Nietzsche escribió en la juventud, (Safranski, 2001. Pág. 25) pero sí
conocemos algunas de las importantes obras que escribió en la posteridad. Lo
que quiero decir es que muchas veces no nos arriesgamos a escribir, pues
siempre creemos que esa historia, aún no es digna de ser una gran obra, y
entonces corremos el riesgo de morir con el papel en blanco, como le ha pasado
a muchos. Todo es un proceso.
Así dejé
escapar muchos pensamientos y buenas historias de juventud, que se han ido
borrando con el paso del tiempo mientras abría los ojos para mirar al exterior
y el mundo me decía como debía vivir. Pero debo decir, que no solo la lectura
sobre Nietzsche, sino, algunas otras que he realizado durante la carrera sobre
diversos pensadores, en ocasiones me hacen recordar y me han hecho pensar que
hubo un tiempo en que yo fui tan inspirado como ellos. Me pregunto si a ustedes,
estas lecturas filosóficas, les pone o les ha puesto a pensar lo mismo. Conocer
la respuesta a esta pregunta, por ridícula que parezca, contestaría muchas de
las preguntas que tengo. Obviamente, no espero una respuesta de su parte ahora
mismo, ya que esa respuesta, probablemente, solo esté en el interior de cada uno,
o quizá a algunos ni siquiera le interese formulársela.
Pero, si la
respuesta que pudieran darme los que quedan, fuera afirmativa, querría decir
que no soy nada, nada diferente de los que podríamos llegar a ser todos; si
fuera al contrario, entonces me convencería de que soy un genio, un genio
desperdiciado, como oiría alguna vez sobre un gran hombre que mezclaba acordes omitiendo
las reglas de la gramática musical creando así nuevos sonidos y por ello no ha
recibido aún gloria ni reconocimiento; preferible hubiera sido no haberse
cuestionado nunca sobre los misterios del universo y de la vida que tanta
satisfacción e inspiración nos proporciona descubrir, a haber perdido la comunicación
y la conexión interna y verse ahora a sí mismo transitando las calles como uno
más de tantos humanos que por falta de pasión por la vida, cualquiera que ella
sea, más parecen muertos.
Morirnos ya,
deberíamos, antes que seguir manteniendo la libertad mentirosa y la hipócrita
felicidad que esconden el egoísmo, el afán y la indiferencia, si es que acaso,
en cambio de eso no tomamos la decisión de salir del letargo del aburrimiento
cotidiano para volvernos exploradores de nuevos mundos; si no pretendemos
quitarnos la piel de oruga para trascender el estado rastrero de un sistema
mezquino y destructor, y nacer de nuevo para buscar los verdaderos tesoros en
la profundidad de las alturas, (profundidad que no existe sino solo como
concepto más no como realidad, siempre y cuando no abramos los ojos) y entonces
podamos sentirnos vivos nuevamente.
Nietzsche
viajó demasiado lejos en la profundidad de su propio ser y aun así no logró
tocar el fondo, pues infinito es el interior del ser humano[2].
Viajó también lejos fuera de sí mismo, hacia la historia de la humanidad para
indagar sobre su procedencia, pero él nunca abrió los ojos, por lo menos no al
mundo, su escena del piano en el burdel lo demuestra[3].
Se mantuvo enfocado en sí mismo y en su pensamiento, no encontró distracción en
los placeres del mundo y los lujos deslumbrantes, o en los peligros de la mente
de los hombres con la facultad de pensamiento y reflexión. Su único gran amor
lo defraudó, y quizá sea gracias a esa desdichada experiencia personal a quien
deba su actual reputación.
Nietzsche
sufrió por causa de su genialidad y las preguntas que recaen son: ¿Por qué un
genio tiene que estar condenado a la soledad?, ¿Por qué no tuvo éxito con las
mujeres?, ¿Por qué no fue un exitoso hombre de negocios? Vemos el sufrimiento y
la tristeza humana como condiciones necesarias para llevar una vida
verdaderamente sensible y reflexiva, es decir, para sentir que realmente hemos
vivido, ¿O será que no vemos este argumento, más que como una manera de
excusarnos por no haber sido algo diferente a aquel que piensa, un filósofo? ¿Será
mejor prospecto de vida familiar un meditabundo filósofo, que aquel hombre de
negocios que a la mitad de una vida ordinaria cuenta con un gran capital, y que
ve el mundo con la trivialidad que se puede ver en la pantalla de un televisor?
Me he
planteado preguntas similares a lo largo de mi carrera universitaria, y he
tenido la posibilidad de renunciar a todo para dedicarme a la productividad
económica, pero siempre preferí tomar el riesgo de pensar, sin importar que
dicho riesgo sea muchas veces el que nos conduce a padecer desequilibrios
psíquicos y a padecer de nerviosismo irreversible cuando nos enfrentamos al
mundo; pues he encontrado más tristeza en la simpleza y la trivialidad de la
“oveja”, además, una tristeza que va acompañada del vacío y la esclavitud, es
decir, de la desesperanza, y los hombres libres, a lo que más tememos, es a las
cavernas y a los muros que nos limitan.
Un poco de materia:
Safranski nos
dice que cuando Nietzsche escribe sobre su vida, no lo hace porque esté
enamorado de sí mismo, o porque se sienta un ser problemático en especial
medida, sino porque con ello busca conocer su espíritu, y porque es un hombre
que tiene la capacidad de experimentarse tanto como individuo, como algo
separable, divisible; (Safranski, 2001. Pág. 25) Lo hace para expandir su
pensamiento: “El que escribe sobre sí
es aquel a quien la distinción entre yo
y sí mismo le da algo que pensar” (Pág.
25). Para ello, tiene que estar en juego, como dice Safranski, la curiosidad y
el enamoramiento de sí, pero al mismo tiempo la enemistad consigo.
Nietzsche, es
un in-dividuo, es decir, está en sí, dentro de sí; pero al mismo tiempo se
encuentra dividido y eso hace que pueda mantener el dialogo interno, hablarse a
sí mismo; él no necesita estar acompañado por otros individuos para no sentirse
solo y poder filosofar sobre los temas trascendentales que lo inquietan.
Nietzsche, siente que algo dentro de sí lo acompaña y cuando se refiere a sí
mismo lo hace en plural, como cuando afirma: “Nosotros queremos ser los poetas
de nuestra vida”. (Pág. 26) Me pregunto a cuantos de nosotros nos ha pasado que
como si estuviéramos hablando con alguien que habita dentro de nosotros mismos,
nos decimos: “Tenemos que hacerlo” y no “ Tengo que Hacerlo”.
Es curioso el
parecido que encontramos en lo que se refiere a este aspecto con Nietzsche,
entre Sócrates y Jesús Cristo, quienes afirmaban que mantenían una conversación
con alguien en el interior de su propio ser y que cuando hablaban, lo hacían en
nombre de algo o alguien superior a ellos[4].
La diferencia con Nietzsche al respecto, es que él, hablaba en nombre de sí
mismo, y no otorgaba esta otra voz a un ser supra-terrenal, a un dios, y en
este punto está generando una ruptura, convirtiendo así al “hombre en el propio
autor de la historia de su vida”. (Pág. 26) Sí, quizá esa voz era vista como
algo superior a él, lo curioso, es que esta no dejaba de ser parte de su propia
configuración, era como otro “yo”, un “súper-yo”. Habría que preguntarnos si
esta bipolaridad es una característica de los genios. Lo que nos dice Safranski
al respecto, es que oír esta voz, e intimar con ella, sin importar de donde
provenga, nos conducirá inevitablemente a descubrir mundos que se diferencian
del pensamiento ordinario, es decir del pensamiento meramente operativo que nos
exige la cotidianidad.
Sobre la obra:
Este es un capítulo
en el que se nos ilustra sobre un Nietzsche joven y enérgico, un hombre que en
espíritu siempre fue el mismo a pesar de que el devenir del tiempo pudiera
cambiarlo, pues nunca menguó en él el asombro y la curiosidad, el dialogo
interno y el sospechar constante sobre lo que se enseñaba del mundo; sin
embargo, creo que podríamos hablar de un primer Nietzsche, un Nietzsche que se
resiste a renunciar a una tradición familiar de por sí religiosa, pues
recordemos que su padre era un pastor protestante y Nietzsche, en su juventud,
cree todavía que en el viaje que ha emprendido hacía sí mismo y hacía el
interior del mundo como investigador que lleva la marca de “aventurero y
circunnavegador de aquel mundo que se llama hombre”, está en juego la
“dirección omnipotente de Dios” (Pág. 30)
Las circunstancias
dolorosas que rodearon su vida, lo obligaron a madurar pronto, esto lo llevó a
preguntarse sobre la maldad y el sufrimiento del mundo y lo indujo a poner,
poco a poco, el curso del destino en sus propias manos, así sus intentos por
demostrarlo terminaran confluyendo en el pronto pasado de su espiritualidad, desembocando
en terrenos de la religión; como lo demuestra un esbozo escrito en 1859 que termina
diciendo: “Pero Dios me ha guiado en todo, como un padre a su débil niñito”.
(Pág. 34)
Pero este Dios
guía, más adelante será sometido a análisis radicales y sus escritos
pretenderán enfocarse, ya no, a la evolución de las costumbres y del espíritu
de la humanidad, sino al hombre concreto, lo que desencanta su visión de un
paraíso y de una teleología divina. Nietzsche, se encuentra ahora influenciado
por esos hombres que supieron convertirse en dramaturgos, en autores de su
propia vida, no solo hacía a dentro sino también para el público; ya no venera
tanto a los dioses, como a los hacedores de dioses. (Pág. 32) Su mirada se
dirige a figuras con cuyo espíritu se siente emparentado, pues lo incitan al
poderío sobre sí mismo.
Entre estos se
cuenta a Hölderlin, un músico incomprendido, un “enajenado mental” según los
profesores de Nietzsche, un genio que no ha sido descubierto; se cuenta también
a Lord Byron, a quien Nietzsche denominará como un “Superhombre dominador de espíritus”,
y esta será la primera vez que utiliza esta famosa expresión que lo
caracterizará y que siempre nos remitirá a él irremediablemente; (Pág. 35) se
cuenta también a Napoleón, e indiferentemente de si se trata de Napoleón I o
Napoleón III, estos hombres, junto con los anteriores, forman parte de un
conjunto de hombres cuyo destino fue forjado por ellos mismos y no por un poder
mediador, lo que causa en Nietzsche una gran admiración hacía ellos.
“El poder es
la afirmación de sí mismo en el círculo de acción del destino”, (Pág. 36)
Nietzsche se da cuenta de esto y la ruptura con su pasado religioso se hace
evidente. Escribe “Destino e historia” en 1862, un tratado audaz en el que
Nietzsche ahora se siente navegando en un “océano inmenso de ideas”, sin
brújula ni guía, pues ahora la pregunta de “cómo cambia la imagen del mundo si
no hay ningún Dios, ninguna inmortalidad, ningún espíritu santo y ninguna
inspiración divina…” (Pág. 36) abre ante él, un mundo totalmente desconocido y
listo para ser explorado.
Si Dios era la
copia del sentido y de la finalidad del
hombre, ¿cómo resuelve Nietzsche este dilema del nuevo hombre sin sentido? Tiene
dos opciones: O bien acepta que tal sentido no se necesita para la vida, o bien
deja de buscarlo en la trascendencia, donde la imaginación lo ha supuesto
durante tanto tiempo. Nietzsche opta por negarse a renunciar al sentido y a la
finalidad, pero tampoco está dispuesto a aceptar el sentido y el fin como
previamente dados; y prefiere considerarlos como encomendados así mismo. “Ya no
está en juego un sentimiento piadoso que mira a un más allá, sino una pasión
por la configuración creativa de la vida”. (Pág. 37)
Ahora se
plantea el problema de la libertad sobre el destino. El destino es el universo
de la determinación; la libertad, la voluntad libre de hacer de la
determinación lo que más nos conviene como individuos. Pero esta determinación
para Nietzsche no tiene rostro, “pues el rechaza la interpretación del destino
como providencia divina que tiene buenas intenciones para con el hombre” (Pág.
40) Para él, el destino nisiquiera se refiere al hombre, solo es aquella
conexión ciega a la que arrancamos el sentido a través de la propia acción; y
la fe en la providencia no es más que la manera denigrante de entregase a Dios,
sin fuerza para enfrentarse con decisión al destino.
Sus escritos
se centran en la crítica de que no vivimos, sino de que nos viven y busca con
ello que cada individuo se convierta en escenario del proceso del mundo, el
destino se nos presenta como un mundo aparte e independiente de nosotros y
debemos recibirlo, pero la libertad está en nuestras manos, y nuestras acciones
pueden determinar el curso de nuestra propia historia. En este sentido, nos
hacemos responsables de nuestra propia vida y los reproches que emitamos por
las configuraciones fallidas de esa vida, irán dirigidos a nosotros mismos, y
no a un poder superior.
Hablando de Nietzsche:
Nietzsche quiere
dar forma a la vida con su escritura y quizá la razón por la que acertó, es que
tanto para nosotros como para él mismo, siempre fue un misterio que luchaba constantemente
por resolverse, pues, como nos dice Safranski, la magia de su propia relación
consigo está en que él nunca pretendió convencerse a de su autotransparencia,
es decir, de ser un hombre totalmente conocido para él mismo, sino todo lo
contrario, nunca termino de interrogarse y siempre siguió siendo un misterio
para sí.
Sus escritos
de juventud, no solo lo llevan a obtener un extenso conocimiento de sí mismo,
sino a construir la propia configuración de su persona. Nietzsche escribe, y
sabe que en el futuro de su propia vida, podrá ver reflejada la evolución de su
espíritu; pero además tiene la sensación, así como la tiene un profeta, que sus
escritos superaran el futuro inmediato, las barreras del tiempo y se inmortalizarán
como recompensa a una vida escrita con sangre, en la que se ha sacrificado el
placer de la carne por el amor a la humanidad. Una humanidad que aún no está
terminada, pues la humanidad se construye con hombres, y es hombres lo que
todavía hemos de llegar a ser. (Pág. 39)
Conclusión:
¿Dónde está la
filosofía ahora? La filosofía no es interpretar, Nietzsche escapó a los límites
de la interpretación y cruzó al plano de la creación. Dejemos, pues, de
interpretar al “superhombre” y empecemos a vivirlo, aventurémonos hacia la
construcción del hombre capaz de escribir lo que aún no se ha dicho y, ¡Empecemos
a viajar!
Bibliografía:
-
SAFRANSKI, Rüdiger. Nietzsche. Biografía de su
pensamiento. Ed. Tusquets. 2001.
-
GAARDER, Jostein. El Mundo
de Sofía. Ed. Siruela, 1991.
-
Diccionario enciclopédico “Hachette Castell
Mentor”. Ed. Castell. 1983.
[1] SAFRANSKI,
Rüdiger. Nietzsche. Biografía de su pensamiento. Ed. Tusquets. 2001. Pág. 25.
[3]
Este relato sobre la vida de Nietzsche, pertenece al capítulo uno del presente
libro, pero lo adopté para ejemplificar la situación. (Safranski, pág. 19)
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