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¿Por qué el arte?

En el tiempo transcurrido durante el semestre, le he tomado un gran gusto y sobre todo un gran aprecio a las clases de estética, no solo por la invitación que sale de estas a pensar el arte con una perspectiva diferente y por todo lo demás que en ellas se pueda aprender, sino porque me hacen recordar. En ocasiones siento que todo lo que se comparte durante las sesiones yo ya lo sabia de antes, no quiere decir esto entonces que no tenga sentido para mí asistir a ellas, todo lo contrario, disfruto recordar mientras escucho las posturas y los puntos de vista, tanto de los antiguos, como de los nuevos filósofos, pensadores y artistas, y hallar en esto contrastes, criticas, conflictos, diferencias sociales y un sin numero de características que cada día amplían mi conocimiento.

¿Pero que recuerdo? O quizá, más que recordar, lo que hago es afirmarme como artista, es decir, darme cuenta que yo nunca estuve equivocado, y que si de arte se trataba, realmente iba por el camino correcto. Escuchar las hazañas de grandes personajes y sentir ciertas similitudes con mis vivencias, de cierta forma me entristece y me cuestiona… ¿Dónde quedó el valor, los sueños y la fuerza de la rebelión? ¿Fue la envidia? ¿Alguien sintió envidia? ¡Pero si yo era un artista! ¿por qué hacer caso de las burlas?, ¿en donde estaba la guía que necesitaba? Aquella que me decía que no le hiciera caso a las masas, las que no pensaban y que se dejaban llevar por las modas. 

Aquellas tontas masas incapaces de aceptar el más excelso y puro arte y que como excusa a su ignorancia, tapaban sus oídos y sus ojos con una mascara de prepotencia y egoísmo, riéndose de aquel que intentara escapar a los parámetros establecidos, para ocultar así el miedo a morir en vida y pasar con superficialidad por este mundo sin profundizar en su dolor, en sus placeres y alegrías; sin permitirse sentir el zarandeo de una voz que desestabilizara su implantado y perfecto mundo, que no es más que un sistema que no permite perspectivas distintas a las ya instituidas.

Finalmente, nunca terminé resignándome a ese estilo de vida y si ahora me disfrazo de uno de ellos y me he vuelto insensible al dolor exquisito que solo puede proporcionar ver el mundo con los ojos de un artista, es para volver a escapar. Y digo exquisito porque a pesar del sufrimiento que el artista encarna, siempre hay una escala mayor de satisfacción, de plenitud y de paz con la vida. Ese exquisito dolor que desemboca en los temas más sublimes, y que solo puede expresar aquel que haya sido inspirado por una fuerza que se sale de sus conocimientos y de su propia realidad. Esa inspiración que solo puede ser expresada con la única palabra que puede sintetizar todo lo que encierra a un verdadero artista, la sinceridad. 

Porque no importa en donde esté el artista, ni cual sea su ideología, pues él, no tiene que estar en ningún lugar, simplemente sus actos deben ser consecuentes con su pensamiento y debe saber que estos siempre llevan consigo una consecuencia y que su compromiso como ser humano, se mide no solo en el beneficio, sino  también, de acuerdo a la capacidad de expresar su interior con sinceridad.

Ahora recuerdo, recuerdo que yo era un artista que expresaba con sinceridad mis experiencias por medio de la música, la pintura, la poesía y la vida misma, un artista que disfrutaba la amargura de estar vivo y hacia de esa vida mi mayor felicidad. Un ser que deambulaba por las calles solitario y fantaseaba con las inquietudes del espíritu, logré sentir la energía de las plantas y de todo lo que me rodeaba, tuve admiradoras y seguidores, ya le había perdido el miedo a la muerte y me sentía por encima del bien y del mal. 

¿Cual fue entonces el problema? El problema estuvo en no entender el arte, en dejar de oír la voz guía, en desconectarme de lo infinito. Pero si es cierto que el arte, como hemos aprendido en este corto tiempo, no hace uso de reglas para expresarse ¿que derecho tienen entonces los matadores de sueños, para aniquilar las vivencias de todo un planeta con la intolerancia, con la excusa de llevar una existencia sin sentido, con la absurda necesidad de escalar una pirámide inexistente? Y no hace falta hablar de mis hazañas artísticas, de los auditorios vacíos, de las hermosas canciones que disfrutaba cantar en soledad, de los poemas indescifrables que más que enamorar mujeres parecían espantarlas, del cuaderno lleno de incoherencias que perdí cegado por el amor, o de esos dos cuadros que sin ser un autorretrato daban total detalle de mi alma.

Entonces no me queda más que recordar esos pequeños momentos de gloria, y en lugar de dejarlos pasar y extrañarlos con añoranza, comunicarme con migo nuevamente, dejar de pensar como aquel adulto que siempre tiene algo que lo mantiene tan ocupado, que se descuida a sí mismo y teme volver al niño; es hora, como dice Páez[1], “de volver a mí”, pero esta vez con la plena convicción de vivir el arte sin temor.



[1] Fito Páez. Volver a mí. Álbum, Naturaleza sangre.

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